Cuando todo se vuelve plano, amargo, aburrido, insípido, no es que falte algo fuera. Es que nos hemos desconectado de lo que sentimos y estamos viviendo la vida de otros. Podemos tener planes, dinero, trabajo, pareja, y aun así no encontrarle el sentido. Porque el sentido no se halla fuera, en el mundo exterior-material, sino dentro, en el mundo interior-emocional.
Tendemos a buscar el sentido como si fuera una idea, una cita o una fórmula. Algo que entender con la cabeza o alcanzar. Pero sentido viene de sentir, comparten raíz. Por eso, el sentido no se piensa ni se busca, se siente y se encuentra.
No aparece de golpe. Se construye en el movimiento de la vida. Probando, intentando, dejándonos sentir y volviendo a probar. En ese proceso, cada vínculo y cada situación nos da información. Algo dentro se abre o se cierra, encaja o incomoda, inspira o desgasta. Y así vamos afinando. Qué nos gusta y qué no. Con qué encajamos y con qué no. Y poco a poco dejamos de perseguir lo que no nos pertenece, y vamos visualizando nuestro destino, palabra que se compone de las mismas letras que sentido.
El sentido deja entonces de ser una pregunta racional y pasa a ser una experiencia directa, una respuesta somática. Una sensación interna, íntima, no transferible. Algo que no se explica, se reconoce. Y que marca, sin forzar, la dirección propia.
