La base del bienestar no es tanto la relación con los otros, sino la relación con uno mismo. Si no puedo estar conmigo mismo, en mi espacio, en mi casa, en mi día a día, las relaciones dejan de ser elección y pasan a ser necesidad imperiosa de salir de mí mismo. Y desde ahí empiezo a ceder. A adaptarme de más, a permanecer donde no lo siento. Y eso no es amar ni vincularme, es dependencia y miseria relacional para el futuro. Es miedo a sentirme solo, estando solo. Cuando no estamos bien con nosotros mismos (y es algo normal), buscamos fuera lo que no hallamos dentro. Y ese vacío se cuela en la pareja, en la familia, en los amigos. Y aparece el miedo a perderlos, a no gustar, a quedarnos solos (de nuevo). Y desde ahí acabamos eligiendo mal de nuevo. Pero cuando aprendo a disfrutar conmigo mismo, cambia todo. No me aíslo, me ordeno. Estoy en mi casa y sé estar calmado. Tengo mis cosas, mi ritmo, mis espacios. No necesito que pasen grandes cosas para hallarle el sentido a las cosas. Y desde ahí, las relaciones dejan de ser un refugio, un escudo. Y pasan a ser una elección, no una adicción. Y eso se traduce en algo muy concreto: no me arrastro, no suplico, no me rebajo, no me humillo por un pedazo de conexión con otro ser humano. Empiezo a elegir mejor mis compañías. Sin esfuerzo, sin estrategia, ya no necesito desesperadamente cualquier encaje. Familia, pareja, amigos, todo se va recolocando. No porque uno se vuelva frío, sino porque uno cada vez lo tiene más claro. Disfrutar con uno mismo no es estar solo, es dejar de depender de otros. Y desde ahí, por fin, puedes vincularte con el otro y con lo otro de manera más sana. Quizá suene a cliché, a monserga. Sé que al principio no es sencillo, ni perfecto. Pero es posible, no cabe duda.
TODO EMPIEZA DISFRUTANDO SOLO
SI TE HA RESONADO ESTE POST Y QUIERES INDAGAR MÁS TIENES LAS SIGUIENTES OPCIONES:
